jueves, 6 de octubre de 2022

El peregrinar de nuestros tiempos

 Os dejo aquí lo que llevo de una historia que estoy escribiendo, que se titula así "El peregrinar de nuestro tiempo"



Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debería romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar de ella algún fruto […]  Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.  (Prólogo, Lazarillo de Tormes)


Prólogo

Este documento no sé si denominarlo libro, boceto, o cuento. El mismo responde a un intento de explorar mi creatividad durante las vacaciones estivales, debido a mi gran aburrimiento. También, he sido instada muchas veces por mi familia a que escriba un poco, pero siempre me ha dado mucho miedo. No sé por qué, supongo que porque no sé cómo darle forma bien a lo que siento, o porque tengo miedo de echar a perder todas mis lecturas previas. Intentaré, por supuesto, que sirvan y merezcan la pena. En este sentido, no me propongo ningún reto ambicioso, simplemente quiero agradecer a mi familia—en concreto, a mi madre, hermana y abuela—, mis conocidos, mis paisanos y mis amigas, el Grupo de las locas, y mis profesores , tanto del colegio Santa Joaquina de Vedruna, como los del Grado de Lengua y Literatura Españolas del máster de Literatura Comparada Europea todo el cariño y la confianza que han puesto en mí. Les quiero muchísimo.


Capítulo 1: «El huracán que arrasó con todo lo que vio a su paso»


Cuando desperté, todo por fin había pasado. Como dice la popular expresión: «Las aguas habían vuelto a su cauce». Acababa de tener una pesadilla, recordando todas las noches que había estado agonizando en el hospital. Recordé, además, que mis brazos y piernas estaban llenos de cicatrices. Os estaréis preguntando que por qué tenía cicatrices en los brazos. Muy simple, porque las enfermeras le costaba mucho encontrarme la vena para ponerme la vía. Me llamo Sofía, y desde el 10 de marzo del 2020, la vida mía y de mi familia no han vuelto a ser las mismas. A todo ello volveremos más adelante. Por ahora, nos centraremos en el momento presente. 

Tras cuatro o cinco horas dando vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño, decido levantarme. Total, no voy a desperdiciar el día estando en la cama. 


—¡Sofía!, levántate y corre al supermercado a comprar los ingredientes para la comida de hoy —dijo mi madre con prisa—.

—Estupendo, no te preocupes. Ahora mismo, me visto y salgo para allá —contesté yo—.

—Bueno, Sofi,  yo me voy ya a trabajar, que tengas buen día, te quiero, cariño.


Mis padres trabajaban en una tienda de ropa, que estaba a tres manzanas de mi casa. Era un establecimiento en el que lograron invertir cuando yo nací, fue el sueño de mis padres desde siempre. Llevaba, por estas razones, veintiún años abierta la tienda, los mismos que ahora tenía yo. Ahora, no tenía clases de la Universidad, había logrado acabar mi Grado en Historia del Arte, pese a todas las dificultades que había tenido. Pensaba que me quedaría algún examen por realizar en la convocatoria de julio, pero me había equivocado, menos mal.  De ahí que mi madre me encargara la compra y la realización de la comida. También, como otro deber más debía encargarme del cuidado de mi hermana pequeña, de 12 años, llamada Alicia. Sin embargo, no descartaba yo echar algún día trabajando en la tienda de mi familia, que se llamaba La vie en rose.

Con respecto al resto de mis parientes tengo, además, un hermano, de 24 años, que se llama Arturo Pedro, y otra hermana, de 26, llamada Aitana. Como se ve, mis padres tenían predilección por la letra A en los nombres de sus hijos, exceptuándome a mí, que quisieron variar. 


Después de hablar con mi madre, me arreglé y salí a las brillantes calles de Cartagena, con dirección al supermercado Spar más cercano a mi casa, no olvidándome, por supuesto, de mi mascarilla. Allí, me encontré con mi vecina Ramona:

—Pero Sofi! ¡Cuánto tiempo, querida! Ven, ¡Dame un abrazo! ¡Qué delgada te has quedado!, vas a tener que venir a mi casa un mes para engordar todo lo que has perdido en tu enfermedad. —Me dijo, entuasiasta, mi vecina.

—¡Ramona!,  ¡Yo también me alegro de verte! Han sido tantos días en la UCI del hospital, que casi no les veía, como se dice luz al final del túnel. Afortunadamente, todo ha pasado. Ya creo que he cogido todos los anticuerpos del Covid-19, y creo que no contagiaré a mi familia. Ha sido muy desolador pasar todos los días sola, sin que mis hermanos y padres me pudieran visitar.

—Ya lo creo, bonica. Lo has debido pasar fatal. Me acuerdo que vi a tu madre nada más decretarse el estado de alarma aquí mismo y me contó tu ingreso en el hospital Santa Lucía ¿Te tenían aislada no es así? 

—Efectivamente, Ramona, no pude ver a mi familia hasta anteayer, que me dieron definitivamente el alta. 

—Debes estar totalmente aterrada. 

—Ya lo creo, no sé muy bien ahora cómo seguiré con mi vida hacia adelante. Tengo la misma sensación de cuando sucede un terremoto y a una casa se le arranca un tejado.

—Bueno, bonica —dijo Ramona—. Todo es cuestión de tiempo. Verdaderamente todas las cosas en la vida pasan así de fácil. Sin embargo, debes estar orgullosa de ti misma ¡Eres tremendamente fuerte y valiente!

—No lo creas, Ramona, pero gracias. Y ahora te dejo que me tengo que ir a hacer la compra. Prometo ir mandándote mensajes por  Whatsapp, de forma que conozcas mi estado de primera mano.

—De acuerdo, linda. Dale recuerdos a los papis, a Aitana, Pedro y a Alicia. 

—Así lo haré ¡Ciao!

Tras despedirme de Ramona, encendí mis auriculares inalámbricos y reproducí la canción llamada Ay vida mía de El Kanka. Sencillamente, todo había sido confuso. Tenía recuerdos vagos, y no me acordaba de gran cosa. Todo había sucedido como el rápido fogón de luz de un túnel. Tanto mejor, las cosas malas que se pasen rápido. Ahora tocaba empezar una vida nueva, me tocaba comenzarla por ir a comprar en el Spar. 

En el supermercado de mi barrio todo seguía igual. Aún así, me alegraba gratamente a volver a ver las estanterías repletas de víveres, tarritos de conserva, y transeúntes con billetes de bajo coste. La charcutería y pescadería seguían ofreciendo sus mejores productos a nosotros, los consumidores. Me emocioné a sentir aquel frío polar que desprendía el refrigerador de los congelados. A continuación, no me detuve más y me puse, manos a la tarea, a recolectar todo aquello que necesitaba para preparar la comida de hoy. Mi madre me dejó dicho que preparase hoy un pudín de pescado, así que cogí la mayonesa, el ketchup, un kilo de pescado troceado y un molde antiadherente. Es un plato sencillo y cómodo, muy agradecido para comer en tardes y noches de verano. En casa, verdaderamente, lo hacíamos mucho. Además, era el único plato que a todos mis hermanos les gustaba. 

Acto seguido, me dirigí a pagar a la caja del supermercado ¡Mierda!, había olvidado que mi ex novio trabajaba allí y que era él mismo el que me iba a cobrar mi compra. Me armé a mí misma de toda la naturalidad que pude y me tomé, por así decirlo, «un chupito de orujo mental», con el que pude afrontar este incómodo momento que nuevamente la vida me ponía por delante. 

Al aproximarme, con la cesta de la compra, Juan Miguel—así se llamaba—exclamó:—¡Coño, Sofía, María Santísima!, ¡Cuánto tiempo, flor!. 

—Supongo que tienes razón. —dije yo, entre asombrada y avergonzada—.

Posteriormente, él empezó a pasar el pescado, el ketchup y la mayonesa por la cinta transportadora de la caja, para cobrarme. 

—Oí las malas noticias de tu ingreso en la UCI. Le dije a Lucía que le fuera preguntando a tu madre por tu evolución—me dijo él, mientras cogía el ketchup y lo metía en una bolsa de plástico.

—Gracias, Juanmi, os lo agradezco mucho a ambos. 

A continuación, me agarró de un brazo y yo me quedé, como coloquialmente se dice, «a cuadros» por la graciosa escenita que estábamos montando en medio del supermercado.

—Sofía, ya ves que sentí mucho lo que pasó entre nosotros. Las cosas se me fueron de madre y no calibré demasiado bien mis decisiones. No he podido hablar contigo tranquilamente del «incidente». Ya sabes que estaba muy borracho aquella noche. 

—¡Oiga! ¿Esto va a ir para muy largo? Que tengo que hacer comida. El drama para el Sálvame y sus sucedáneos. Tengo prisa pareja—gritó una señora, con el rostro y nariz enjutos, la cual se encontraba detrás de mí, en la cola, a un metro y medio de distancia, como exigían las normas sanitarias establecidas para luchar contra la Covid-19.

—Señora, tranquilícese, esto va a ser un momentico. Déjeme un momento más a la muchacha—le volvió a gritar Juanmi. 

—Juanmi, lo que pasó, pasó entre tú y yo, como dice Daddy Yankee en su canción homónima. Te olvidé hace mucho, pero muchísimo tiempo. Me alegra que os preocupaseis por mí, pero ya ves, estoy estupenda. 

—Te hace falta engordar un poquito, mi arma. No tienes tu culo de siempre—dijo él.

Chao, Juanmi. 

—Me alegro de haberte visto, Sofi. 


Después de este animado encuentro, me dirigí con mi compra a la salida del supermercado y eché una moneda en la hucha de recaudación de fondos a favor del Hogar del Buen Samaritano que sujetaba un hombre. Todo un pieza este Juanmi. Estuvimos dos años juntos, no mucho, la verdad. Lo quería mucho, el muy cabrón siempre conseguía hacerme reír. Un día, entré a su casa y lo vi teniendo relaciones sexuales con mi mejor amiga, Lucía. Como es lógico, rompí con Juanmi y con Lucía, perdí el contacto. No obstante, de alguna extraña manera, ella todavía sentía cierto apego por mí. Encima que me levanta al novio, me sigue teniendo cariño, ¡Qué más se le puede pedir a una amiga! Sin embargo, la perdoné, pero no he querido saber más de ellos. 

A continuación, salí corriendo a la calle, se me había olvidado que ya eran la 13:05 de la tarde, luego si quería hacer el pudín de pescado para comer, tendría que darme prisa. 

De camino a casa, pensé en todo lo que había superado y en lo que, indudablemente, me quedaría por superar. Podría decirse que era una auténtica superviviente, no como esas que salen en el famoso reality de la televisión, que se encuentran pasando hambre, y despellejando a toda la humanidad en la isla de Honduras. No, absolutamente no. Me considero una persona capaz de salir a flote por mucho que la marea y la espuma burbujeante del mar me arrastren mar adentro. 

Al llegar a casa, me encontré a mi hermana Alicia, la pequeña de la casa, en la cocina. Alicia era caucásica, con los ojos verdes y morena. Era la jovialidad en persona y poesía la mirada más tierna que ningún ser humano haya imaginado jamás. Como os podéis imaginar, queridos lectores, la benjamina de la familia era mi hermana preferida. Se hacía mucho de querer y, a pesar de nuestra prolongada diferencia de edad, compartimos muchos gustos y aficiones, como la de hacer deporte, o cocinar. Antes de ingresar en la UCI, le estaba empezando a aconsejar la lectura de algunos libros clásicos, idóneos para leer en su edad, como la selección de cuentos folclóricos que recogieron los hermanos Grimm.

No obstante, no me llevo mal con Arturo y con Aitana, pero con ellos había perdido últimamente más el contacto, ya que se habían independizado y vivían con sus parejas —muy simpáticos eran mis dos futuros cuñados. Y no, no estoy usando, en este caso, el masculino gramatical para expresar el plural. Mi hermano Arturo es homosexual, y no es ninguna desgracia, como mucha gente piensa. El amor es totalmente libre y su novio es encantador. Se podría decir que me llevaba mejor con Santiago, su pareja, que con mi propio pariente.—

Por otro lado, Alicia, según me dijo mi madre, lo había pasado muy mal durante mi etapa de convalecencia en la UCI del hospital. Nada más verme, me abrazó y me espetó lo siguiente:

—¡Sofi!, ¡Qué mal lo he pasado sin verte! 

—¡Ay, pequeña! Si sabes que no te dejo ni a sol, ni a sombra ¡Anda, que vaya tela!—le respondí yo.

—¿Qué vas a hacer ahora?—me preguntó, curiosa, ella. 

—La comida ¿Me quieres ayudar?

—¡Por supuesto!— respondió, entusiasmada, mi hermana.

Nos dispusimos a hacer la comida y, para que el trabajo resultara más ameno, nos conectamos a la app de Cadena100 en nuestro smartphone. Personalmente, me encantaba encender la radio y oír las voces de los locutores—¡qué sonido tan melódico y tan armonioso desprendían las suyas!— y prestar atención a los chistes cotidianos que los radiofonistas cuentan sobre sus vivencias pasadas o futuras. Se crea así, en mi interior, una especie de catarsis, de purificación y sensación de comprensión, lo que me lleva a sentir lo siguiente: ¡No estoy loquísima, me siento comprendida!

—Planchar la ropa da la misma pereza que cuando estás tirando de  datos móviles , habiendo una red wifi cerca y no te conectas por no introducir la clave—dijo, en un tono animado, el locutor de radio. 

El vivaz y ocurrente comentario despertó la hilaridad en mi hermana y en mí. Las dos habíamos experimentado las dos situaciones, puesto que, en ocasiones, por aliviar a mi madre de sus tareas habíamos planchado. Por otro lado, es obvio que hemos experimentado la segunda situación, dado que nos encontrábamos en el limbo entre los millennials y la Generación Z—todavía no hemos descubierto el enigma de quién pertenece a senda generación. No hay consenso entre críticos y estudiosos. Quizá fuera Alicia, la que perteneciera, sin ningún atisbo de duda, a la Generación Z—. Ante esta clase de vivencias, me daba cuenta de lo fácil que era ser feliz. No necesitábamos mucho, tan solo la cocina y encender la radio para estar de buen humor. Sin embargo, el hombre (y no solo el hombre, en este caso), también la mujer—entre la que me incluyo yo—tienden a complicarse demasiado la vida. 

Una hora y media más tarde, mi hermanita y yo culminamos la empresa de realizar la comida. A los veinte minutos o así, llegaron mis dos padres, del negocio, que acababan de cerrar, ya al mediodía, tras haber completado, satisfactoriamente, su jornada laboral. A pesar de las pésimas consecuencias que supuso la pandemia, ellos decidieron montar su negocio con la modalidad de e-commerce, es decir, habilitar las compras online. Con ello y con el cariño de nuestros parroquianos que han seguido visitándonos y acudiendo a nosotros, hemos conseguido mantenernos. La realidad es que muchos negocios cartageneros—y yo diría que obviamente no solo cartageneros, sino de todas las partes del mundo— se han tenido que reinventar. Muchos de ellos no han logrado mantenerse desgraciadamente, pero otros como el restaurante La Marquesita, han conseguido exprimir su productividad y darle un giro a su empresa. 

—Buenas, queridas mías, ¿Cómo están mis chiquitinas?—dijo mi padre nada más girar la llave y hacer rechinar los goznes de la puerta. 

—Estupendamente bien, disfrutando del primer día de vacaciones de verano. Comida preparada—dije yo.

—Pues, ya estamos tardando en comer, que me ha llamado tu hermano Arturo diciendo que esta tarde quiere que os vayáis con él y su novia 






TO BE CONTINUED!!!!.........













No hay comentarios:

Publicar un comentario

Lupa, lupita

El mago David, o ese primer amor que nunca se olvida

  He terminado hace unas horas El mago David, del gran Diego Sánchez Aguilar, y lo que más destacaría es la presencia de ese primer amor que...